|
A
|
yer soñé que estábamos juntos
en una feria; esas ferias donde se venden de todo, desde agujas hasta autos;
estábamos juntos caminando y mirando todo y a la vez nada, como queriendo
comprar y no comprar al mismo tiempo. No sabía que eso se podía hacer también
en los sueños, porque pensaba que por el hecho de ser nuestro sueño podríamos
inventar que teníamos el suficiente dinero para poder así llevarnos tranquilamente todo lo que se nos
venga en gana, pero no, no fue así.
Entonces pasamos sin querer
por un stand donde se vendían bicicletas, entonces te dije: Mira bonita, esa
“ticla”[1] se parece mucho a la que
de chibolo teníamos en la familia y le robaron a mi hermano Manuel. A lo que tu
respondiste: Qué, en serio? Así fue como empezamos a hablar de la forma en que
la robaron y cuánto tiempo la había utilizado hasta el cansancio. Te conté
también que de chibolo fue al club de ciclismo que tenía el IPD, que en
aquellos tiempos quedaba en el estadio Elías Aguirre, en uno de sus cubículos; realmente
era dos, pero parecía uno desde afuera.
Llegué a conocer el Club de
ciclismo gracias a Bencer; quien hasta ahora es mi amigo y ya es padre de una
linda niña; el invito a un grupo de mocosos, dentro de los cuales estaba yo,
casi todos en el mismo rango de edades. Recuerdo que la pasábamos muy bien
practicando en el club, hacíamos el calentamiento y luego montábamos; obvio que
no era cualquier bici, eran bicis de carreras, esas que tienen las llantas
delgadas, que daba la impresión que al primer contacto con el suelo podría
reventar y además tenía ese timón con fierros en forma de “C” a sus lados, que
parecían los cuernos de un carnero. Recuerdo también que nosotros solíamos dar
vueltas y vueltas en un espacio semicircular dentro del estadio, no era demasiado
pequeño, pero creo que tampoco era el adecuado para practicar la disciplina
como se debe; creo que por ello a veces nos sacaban y nos llevaban desde
Chiclayo hasta Lambayeque, eso sí era alucinante, se necesitaba mucha energía y
ganas para poder ir y venir. Teníamos un profesor, el profesor Walter, quien al
final de los entrenamientos nos hacía limpiar las bicis, aceitarlas y dejarlas
tal cual las habíamos encontrado. Él era el encargado de velar por la
integridad de los equipos y de nosotros; lo que hacíamos al final creo que era lo
más tedioso y aburrido; quizá por nuestras edades; por nuestra poca costumbre
por el orden y por la limpieza, pero bueno, así fue nuestra vida y cada uno de
nosotros tenía que hacer lo que mandaba el profe. Así que después de un día
entero de corretear con las bicis, dejábamos todo en su sitio y en su lugar.
Esas temporadas que duro el
club de ciclismo, fueron los mejores
veranos de mi pubertad, los cuales recuerdo con mucha alegría y nostalgia. Recuerdo
también que, yo era un chibolo gordito y pesado, mis apodos eran: “Bolita” y “Royalito”
en alusión a al pequeño muñeco rojo y aguado que salía en los comerciales de Gelatina Royal. Al comienzo me molestaba un
poco que me llamaran con esos sobrenombres, pero con el tiempo hasta llegaron a
gustarme.
Entonces, continuando con el
sueño, al terminar de contarte todo a medida que estábamos caminando, hiciste
una parada y me dijiste que tenías muchas ganas de ir al baño, entonces como
habíamos visto uno por el camino recorrido, me dijiste: Orli, espérame, ya
vuelvo, mira por aquí, no es necesario que me acompañes, no te vayas a ir
lejos. A lo que yo respondí: ya bonita, está bien! A medida que te alejabas vi
tu hermosa figura que se alejaba poco a poco en dirección al baño y pensé: que
linda que está, me gusta hasta cuando la veo caminar, seguí mirándote hasta que
te perdiste en el sendero rumbo al baño. Yo seguí mirando de todo un poco, por
unos minutos, hasta que me percate que no regresabas, miré mi reloj y vi que
sólo había pasado quince minutos, luego pensé y dije: bueno, no es mucho,
esperaré un poco más.
Dentro de unos cuantos
minutos paso algo totalmente inesperado para mí, era inverosímil creer que
podías haber hecho eso, jamás paso por mi mente que me darías esa sorpresa.
Tú venías a mi encuentro muy
feliz, con una sonrisa de oreja a oreja, tan linda y radiante como siempre y a
tu costado derecho estaba contigo la bicicleta que te había indicado en el paso
por aquel stand. Te acercaste a mí, me diste un beso en la mejilla y muy cerca
al oído me hablaste tan tranquila y suavemente, como un ángel, me dijiste:
espero que te guste Orli, te la doy con mucho amor. Yo te abrace y te llené a
besos, en tus labios, en tus mejillas, en tu frente, en tus ojos, en tu nariz, en
tu mentón y en tus orejas. Tanta fue mi emoción que desperté al instante, como
una alma sobresaltada que siente un terremoto por dentro, abrí los ojos y vi el
techo blanco de mi cuarto, por un momento habría dado parte de mi vida por
hacer que ese sueño sea realidad, me senté y abrí el ropero que está muy cerca
de mi cama, me miré en el espejo que está en una de sus puertas y me di con una
gran sorpresa al ver mi rostro lleno de felicidad.
Orlando Davinci
22/01/14
No hay comentarios:
Publicar un comentario